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Una jornada de pesca en un barco artesanal

La tripulación del Nuevo Perla desvela al turista todos los secretos de la profesión más peligrosa del mundo. Ha nacido en Lira una nueva forma de turismo de aventura

Cola-caos, manzanillas ..., ¡pero esto que es, es bien cierto que no quedan marineros, grita fingiendo indignación un pescador curtido en mil lances cuando ve tan exóticas bebidas desplegadas sobre la barra del Pedrapás, uno de los pocos lugares en el que la vida comienza cuando el sol aún está calentando en Australia y parada obligada de los marineros para largarle café y caña antes de salir al mar. Ahí es también donde el patrón del Nuevo Perla , Jesús Caamaño - Chuchú para los lirenses-, conoce a los turistas que ese día formarán parte de su tripulación. Y es que, después de sus roces con Capitanía Marítima, la Cofradía de Lira ha podido sacar adelante su iniciativa de incluir el trabajo marinero en la oferta de turismo de aventura, no en vano la pesca es una de las profesiones más peligrosas del mundo.

Claro que en esta época pocos riesgos puede tener navegar en un mar podre , como llaman los marineros de Carnota al mar que está como un plato: «Tendríais que venir en invierno. En proa no se para», reta Juan Caamaño, coordinador del programa Mar del Lira, a los tres turistas que el miércoles se embarcaron en la peripecia de conocer los secretos de la pesca artesanal.

Los turistas del día

Pero Jose, Fer y Alberto, los tripulantes del día del Nuevo Perla, no son profanos en esto del mar y su fauna. A los compostelanos Jose y Fer, el vínculo les llega tanto por su afición al surf como porque han crecido viendo bichos iguales a los que llegan en la nasa en la cetárea del abuelo de ambos en Muros. Y Alberto, toledano residente en Madrid, con muescas de decenas de inmersiones submarinas, ya no está para sorprenderse por la morfología del pulpo como un individuo muy de secano cualquiera y a lo más que llega es a maravillarse por la diferencia de aspecto que hay entre un lubrigante de vivero y ese ejemplar de vivos colores que ha caído en la trampa que es la nasa.

«Lo peor de todo es el madrugón, menos mal que es sólo un día». Lo dice Fer, al que le ha costado seguir la rutina marinera de levantarse mucho antes de que salga el sol; mejor dicho, pocas horas después de que se lo hubiese tragado el oeste. Alberto ha sido más práctico. Para evitar la tortura del despertador, no ha dormido. Lo malo es que, ya a bordo, la nana del Barreiros de 128 caballos que mueve al Nuevo Perla en la mecedora de las olas tiene los efectos de cantos de sirena y lo tientan continuamente hacia los brazos de Morfeo. Está más dormido que despierto.

Detalles técnicos

Mientras Chuchú y los dos marineros del Nuevo Perla , José Manuel y José O Rápido , suben a bordo los pertrechos y la carnada, Juan ejerce de perfecto cicerone; no cesa de hablar y dar detalles a los turistas sobre el barco al que acaban de subir: «Catorce metros, uno de los más grandes del puerto y un motor de 128 caballos, pero lo mejor de todo son los equipos de comunicaciones que lleva, que son como los de un trasatlántico», elogia.

Cría en abundancia

Aún no han dado las ocho cuando el barco llega a la boya que anuncia que allí quedaron las nasas el día anterior. Es la señal de que comienza la faena. La primera nasa trae un pulpo, pero ni de lejos da la talla: aún tiene mucho que engordar para llegar a los 750 gramos que le otorgarán el pase para la subasta. Juan, que como báscula ha utilizado sus manos, devuelve la pieza al mar, que huye despavorida mostrando su alivio con un negro chorro de tinta. «Ese pulpo que ahora no da la talla, en unos meses llega a dos kilos, ilustra Juan.

Cien nasas más tarde el resultado es desolador: cinco pulpos y seis nécoras. «Sois gafes, reprocha el coordinador del proyecto mientras el patrón pregunta por el chivato - la radio- la suerte que han tenido sus compañeros. Uno saca nasa y retira cebo, otro recoge capturas y encarna y el tercero dispone los aparejos en popa para el siguiente lance.

Cadena de montaje

Observando el trabajo dentro del barco la rutina no parece muy diferente de la de una línea de montaje de la automoción o de una conservera. Sólo que para trabajar sobre el Nuevo Perla hay que tener, además, dotes de funambulista: «¡Gimnasio gratis!». A Jose, Fer y Alberto no se les escapa el esfuerzo de los tres: «Tienes que acabar reventado», dice Fer. Y José O Rápido da fe:

Son las doce y media cuando la tripulación ataca la última cacea. Y es la de la suerte. Las primeras nasas que salen traen premio. Y no es la típica estrella de mar de consolación, no; en dos de ellas dormitan ejemplares de calibre uno: «Este pulpo que ves, de dos kilos y medio, es uno de los más pequeños que pescamos en inverno», dice Chuchú. La recta final disipa los temores de haber zarpado en balde.

Antes de terminar, Jose y Fer ayudan a O Rápido a matar los pulpos que han sobrevivido a la dura contienda en que se enzarzan cuando más de uno coinciden en un mismo capacho. Cincuenta kilos de pulpo y tres de nécoras. La marea del Nuevo Perla ha dado para cubrir gastos. Y para que los turistas sepan que, en la pesca, no todo es coser y cantar.